Divisar comida, sentir que te duele el estómago
y que las piernas te tiemblan,
no das mas, debes comer.
Tu cuerpo lo pide a gritos,
pero tu hambre por liberarte de ese peso es más.
El peso además de los kilos de grasa acumulada,
es el peso de la humillación que has sentido cuando
sientes el rechazo de la gente, o de cuando quieres comprar
una prenda de vestir hermosa mas no puedes debido a que no entras en ella.
Sentir las burlas de los demás niños, y los retos de tu madre
porque estás comiendo mucho.
Entonces dejas de comer, y sólo bebes agua.
Sólo agua o una manzana, un café o un té... quizás.
Comienzas a bajar kilos, pero no paras,
sientes que debes quitarte más de esos rollitos, que pasaron a ser pura piel.
La gente ya ha notado cuanto has bajado,
pero aún así tu hambre devora los comentarios
y los desecha al instante en que te los han dicho.
Peor aún, olvidas quien fuiste, entonces te pones a la defensiva,
para colmo, engreída.
No te das cuenta hasta que ya perdiste cosas importantes.
"Stop!" gritas, mientras lágrimas surcan tu rostro, y te ves en los huesos,
obviamente te dan ansias de ir corriendo al refrigerador y devorar todo lo que haya en él,
mas tu voluntad ha cambiado y se ha vuelto fuerte.
Decides volver a comer, lo justo y necesario,
obviamente adquieres peso, pero ahora te mantienes en un rango optimo para tu salud física y mental, te das el gusto de comer papas fritas o una barrita de chocolate.
Luego pasan los meses y te miras al espejo, sonriente...
Y puedes decirte "Esa pesadilla terminó" e incluso encuentras que estás regia estupenda,
porque lo que vale no es ser un saco de huesos, si no una mujer debidamente nutrida.
Hay más cosas que aparentar ser delgada, esbelta y regia estupenda,
hay que aprender a aceptarnos, aprender a convivir con lo que somos,
no con lo que pudimos haber sido.
Obviamente mejorar día a día, cuidarnos y por sobretodo ser felices.
01 julio, 2011
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